TALARA
EN LA COLONIA
Cuando se consumó el descubrimiento de América y se inició el proceso de
colonización de las nuevas tierras, los reyes españoles ordenaron que los
indios fueran considerados como súbditos de la corona y en tal sentido no
podían ser reducidos a la esclavitud. Esto no siempre se respetó.
Desde 1497 se crearon los
repartimientos para América. En tal virtud los reyes adjudicaban a los
conquistadores distinguidos, áreas de tierras aptas para el cultivo o para la
explotación minera.
Posteriormente, en 1501 se dispuso que los indios americanos fueran considerados como menores de edad y sometidos
a un régimen de tutelaje que fue lo que se llamó encomiendas. Los indios
encomendados debían de trabajar las tierras de su señor el encomendero poseedor
de los repartimientos y recibir en cambio protección y cuidados.
El indio encomendado pasó en realidad a convertirse en un siervo del
encomendero.
Las tierras realengas de Brea y Pariñas.
Los españoles venían a la conquista del Perú tras de riqueza, gloria y
poder.
Para ellos la riqueza sólo se refería al oro, el cual tenía sobre los
invasores tan tremendo y mágico atractivo, y ante nada se detenían con tal de
conseguirlo.
Pero América y sobre todo el Perú, ofrecía otras formas muy importantes
de riqueza para los que quisieran establecerse en ella definitivamente. Esas
riquezas eran sus extensas tierras agrícolas que los incas y también los
tallanes habían cultivado con tanto esmero.
La mayor parte de los conquistadores que se establecieron en las
ciudades recién fundadas tuvieron el nombre de vecinos, que si bien no era un
título nobiliario era en cambio una dignidad muy apreciada. Fueron con la mayoría de esos vecinos con que se
empezaron a poblar las nuevas ciudades a los que se les concedieron
repartimientos y encomiendas. De esa manera se fue formando una poderosa casta
terrateniente, semejante a las de los antiguos señores feudales de la Edad Media
de Europa, régimen que ya estaba en la etapa final de su extinción en el viejo
mundo.
Fue en San Miguel, es decir en tierra tallán donde Pizarro empezó a
otorgar los primeros repartimientos y encomiendas, y poniendo de manifiesto su
nepotismo, comenzó por dar a su hermano Hernando la primera encomienda y
repartimiento en tierras del curaca Pavor o Pabur. Sin embargo, el gobernador
de Nueva Castilla don Francisco Pizarro no tenía autorización para hacer
repartimientos y los hizo para favorecer
a un buen número de sus capitanes. Recién por Real Cédula del 8 de mayo de
1533, se le otorga tal facultad, Sin embargo, atrabiliario, como lo era don
Francisco, no puso límites a su poder y autoridad desde los primero momentos
que puso la planta en el Perú.
Las encomiendas duraron hasta 1707 en que se suprimieron las que rendían
poco más tarde, en 1720 son abolidas todas en forma general.
Con la llegada de los españoles, el sistema colectivista de propiedad de
la tierra, se transformó en forma brusca y repentina en sistema de propiedad
individual.
Las tierras del Inca y también del Sol, empezaron a ser propiedades del
rey de España o realengas. De esta forma el monarca español llegaba a poseer
una inmensa cantidad de tierras que ni sabía cuales eran, ni podía aprovechar.
Para evitar que se perdieran fue generalmente el clero el que las tomó en uso.
El ayllu en la sierra, no desapareció por el hecho de modificarse el
sistema de tenencia de la tierra. Como grupo económico social unido por lazos de parentesco siguió
funcionando, pero tributaban como yanaconas a los hacendados o patronos.
Para empadronar tierras y hacer adjudicaciones, los Virreyes nombraban
frecuentemente visitadores, los cuales confirmaban en la posesión a los que
presentaban justos
títulos o
adjudicaban por el acto que llamaban de la Composición
a nuevos postulantes.
títulos o
adjudicaban por el acto que llamaban de la Composición
a nuevos postulantes.
Las tierras en cuanto a su propiedad, se constituían de la siguiente
forma:
1. Tierras del rey de España o realengas.
2. Tierras de propiedad particular.
a) Haciendas para nobles españoles.
b) Parcelas y chacras para criollos, españoles del pueblo y
mestizos.
3. Tierras de indios.
a) De comunidades.
b)
Individuales.
Las llamadas Composiciones de
Tierras se iniciaron en 1592, y durante cuatro años se otorgaron una gran
cantidad de terrenos, con lo cual el Tesoro Real logró muy buenos ingresos.
Uno de los visitadores que hizo más adjudicaciones recorriendo diversos
lugares de lo que ahora es la región Piura, fue don Juan Dávalos Cuba Maldonado
que fue nombrando para el cargo el 10 de mayo de 1654.
Las extensas tierras de lo que antes fueran curacazgo de Pariñas, y en
general casi todo lo que ahora es la provincia de Talara, fueron declaradas
realengas.
Nadie se interesó por ellas durante mucho tiempo, no obstante que en
algunas partes, en las cercanías de las quebradas eran aptas para la
agricultura y en muchos lugares por las lluvias de verano y con las que en
forma más intensa se producían periódicamente crecía pasto natural apto para
mantener una buena ganadería.
El año 1615 integrando el séquito del virrey Francisco de Borja y
Aragón, Príncipe de Esquilache llegó al Perú el capitán de infantería don Martín Alonso de Granadino.
El arribo del virrey al puerto de Paita con su esposa Ana de Borja fue
en setiembre de 1615 a los
pocos días de haber sido bombardeado el
puerto por el corsario Spilbergen y de la valiente actitud de la encomendera de
Colán doña Paula de Piraldo que asumió la defensa del Puerto.
El virrey estuvo algunas semanas en Paita, y el capitán Granadino se
sintió atraído por la tranquilidad de la bahía, por su belleza y buen clima.
Por eso, como al llegar a Lima enfermó al poco tiempo, solicitó su baja
y se trasladó a Paita donde radicó. Se dedicó entonces a la agricultura en el
Bajo Chira y le fue bien.
Cuando años más tarde en 1645 llegó el visitador de tierras Juan Dávalos
Cuba Maldonado, pidió la adjudicación de las tierras de Máncora que eran
eriazas y realengas.
En Paita se casó con doña María Ramírez de Arellano, de muy conocidas
familias piuranas.
Granadino era sin embargo un hombre muy violento, de trato rudo como consecuencia
de la vida del cuartel que siempre había llevado y para rematar, se tornó en un
empedernido bebedor. En sus frecuentes borracheras Granadino injuriaba y
maltrataba a su esposa.
Cuando estas cosas ocurrían, llegó a Paita el capitán Juan Benito de Las
Heras, amigo y antiguo compañero de armas de Granadino, pero de carácter muy
diferente.
De Las Heras, también buscaba tierras de cultivo para dedicarse a la
agricultura y mientras tanto visitó y frecuentó la casa de su amigo, siendo
testigo del mal comportamiento de Granadino con su esposa. Buscó entonces en
aras de la amistad que los unía de interceder para que Granadino enmendara su
conducta, pero éste tomó a mal la intervención de Las Heras y más bien acentuó los malos tratos
con doña María. Las relaciones entre los dos amigos se fueron haciendo cada vez
más tirantes y Granadino dejándose ganar por los celos, retó a duelo a su amigo
el que no aceptó. Busco entonces de tenderle Granadino una emboscada y fue así
como en un mal día se encontraron y se batieron a duelo en el curso del cual de
Las Heras de un terrible tajo abrió el cráneo de Granadino y lo mató.
Los hechos ocurrieron en Amotape a donde concurría siempre Granadino para de allí trasladarse a sus
tierras de cultivo.
La guardia cívica de Amotape recogió el cadáver y lo enterraron sin que
se hicieran mayores averiguaciones, posiblemente por que se había granjeado la
animadversión del vecindario por su trato atrabiliario.
A de Las Heras no le quedó más recurso que ausentarse de Paita y de
Amotape, y las tierras volvieron a poder del rey de España.
Años más tarde el capitán Benito de las Heras retornó a Paita, y como es
de suponer visitó a la viuda de su amigo.
Las visitas se hicieron frecuentes y como suele suceder, terminaron
ambos por casarse.
Los esposos adquieren entonces en mancomún, unos terrenos que eran
sumamente extensos e iban desde Tumbes hasta Amotape. Eran Máncora y Pariñas.
El trabajo constante de los esposos, convirtieron a esos antes
descuidados parajes en haciendas ganaderas muy ricas.
En medio de la prosperidad que lograron, el hogar no fue alegrado
con el nacimiento de un hijo, porque se
habían casado de edad madura.
Don Juan Benito y su esposa, tomaron entonces una determinación con
relación al futuro de sus extensas propiedades. Donarlas a una institución
benéfica.
Se eligió al hospital de Belén, que funcionaba en Piura frente a la
plaza de armas en donde en 1995 se encontraba el hotel de Turistas y en donde
hasta en la década del 1930 funcionó la Beneficencia
Pública.
El 3 de enero de 1705 ante el escribano público don Antonio Rodríguez de
las Varillas, don Juan Benito y doña María, hicieron donación de sus cuantiosas
propiedades al hospital de Santa Ana administrado por las Madres de la Congregación
de Belén. Dice el mencionado testamento “... Después de cumplido y pagado este
mi testamento, mandas y legas en el contenido, en lo restante de mis bienes,
deudos, derechos y acciones, instituyo y nombro por mi único y universal
heredero al convento-hospital de mi Señora de Santa Ana de esta ciudad”.
El escribano don Antonio Rodríguez de las Varillas, había nacido en
Sevilla siendo sus padres don Francisco Rodríguez de las Varillas y doña
Margarita de Bargas Valerio y Salazar. Se afincó en Piura en donde fue muy
apreciado y se casó con doña Antonia de Medina y Murillo, teniendo el
matrimonio a Pedro, que también fue escribano.
Las dos haciendas proporcionaron a las madres de Belén, los recursos
suficientes para sostener con holgura al convento-hospital, no obstante la mala
cuenta que siempre dieron los administradores, o arrendatarios.
Pasaría casi un siglo, para que las haciendas Máncora y Pariñas,
volvieran a tomar actualidad.
El año 1702 se encontraba en Piura el capitán Mateo Gonzáles
Sanjinéz el que en representación de la Real Audiencia
de Lima llegó a un acuerdo el 2 de agosto de ese año con numerosos indígenas
del Bajo Chira, representados por don Juan Antonio de Heredia, para la entrega
de tierras en un sitio que los indios llamaban Camapa, lugar donde antiguamente
había existido una huaca o adoratorio tallán, posiblemente la que fue depredada
por los soldados de Francisco Pizarro. Parece que Camapa era una corrupción de
la voz quechua conapa que significa huaca. En ese lugar existía un poblado al
que oficialmente se le dio el nombre de La Huaca.
El capitán Gonzáles Sanjinez al establecer los límites de las
propiedades por adjudicar, con las que correspondían a don Juan Benito de las
Heras, debió reparar en el yacimiento de Brea existente en el sur-este de la
hacienda Pariñas y decidió hacer el denuncio, pues de La Heras era
propietario del suelo, pero no del subsuelo.
Fue entonces que se asoció con don Mateo Urdapileta y Elola, logrando en
1709 que con intervención del Tesorero Juez Oficial, Manuel Beano, le fuera
adjudicada la mina para la explotación de la Brea por un
período de ocho años pagando 80 pesos anuales según el historiador Guillermo
Lohmann Villena y 180 pesos con 8 reales según el asesor jurídico Dr. Luis
Echecopar García.
Según el mismo Echecopar, la adjudicación que se hizo a los
concesionarios abarcaba un área sumamente extensa que iba desde el cerro Cucuz
y cerro Prieto que corren desde el pueblo y río Amotape hasta el pueblo de
Tumbes y de longitud desde las orillas del mar, hasta treinta leguas mar
adentro.
Los concesionarios lograron grandes utilidades y renovaron el contrato
de explotación por períodos sucesivos.
En Enero de 1733 llegaba como corregidor de Piura el general Victorino
Montero del Aguila, el cual se enteró del gran negocio que se hacía con la
explotación de la Brea. Por
eso, al concluirse en 1735 un nuevo contrato de explotación, habilitó a su
cuñado Francisco de Araujo y Río para que se presentara como postor logrando el
26 de agosto de ese año, la concesión por 650 pesos anuales, lo que representa
una tremenda diferencia con lo anteriormente pagado.
Sin embargo, la mina rendía 6.000 pesos al año, de tal modo que era un
negocio redondo.
El contrato de concesión era por 10 años, de tal manera que en 1744
debía de renovarse y por entonces, hacía poco tiempo que Montero del Aguila
había cesado como corregidor y tenía un juicio de cuentas con el mismo tesorero
real Manuel Beano.
En esta oportunidad Montero del Aguila se asoció con el cura de Paita y
Colán, el presbítero Gaspar de Loredo y abonó la suma de 1.000 pesos anuales.
EL negocio había logrado tal magnitud que fue necesario tener un representante
en Lima, designando para el mismo al conde de Vista Florida, don Juan Bautista
Baquijano.
El historiador Lohmann Villena relata las tirantes relaciones entre el
tesorero real y el ex-corregidor al que se acusaba de adeudar al fisco 37.534
pesos en impuestos, pues la mencionada autoridad había tenido también negocios
de comercialización y exportación de cascarilla, cera, jabón y cordobanes. Al
fin de cuentas el ex-corregidor reconoció adeudar 15.538 pesos, pero no sin
decirle antes al tesorero real que en forma interesada había mantenido a
Urdapileta en la explotación de la mina pagando una suma irrisoria.
Don Mateo Urdapileta era un activo hombre de negocios que se dedicaba a
múltiples actividades y fue así como en 1710 tomó en arrendamiento por cinco
años, y por el pago de 3.000 pesos anuales, el fundo Nómala y una casa- tina
para fabricar jabón ubicada en donde ahora está Castilla, que era de propiedad
del maestre de campo Antonio Rodríguez de Taboada.
El 4 de abril de 1802 se dio la concesión de la mina a don Juan
Cristóbal de la Cruz, por un
periodo de 10 años para extraer 1.500 quintales de brea por año. El comandante
De la Cruz fue elegido
en 1812 alcalde del 1er cabildo democrático de Piura convocado por las Cortes
de Cádiz.
En julio de 1793, el contador interino de la Real Audiencia
de Lima don Joseph Ignacio Leguanda, publicó en el “Mercurio Peruano” un
documento titulado “Descripción geográfica del partido de Piura”.
El día 1° de agosto, se refería al capítulo “De los minerales, tesoros y
especies curiosas”, decía:
“Es este partido, en el pueblo que llaman Amotape, a 16 leguas de la
ciudad de Piura, se halla la celebre mina de brea, que hasta ahora dieciséis o
veinte años ha abastecido al reyno de éste efecto. Vendíase el quintal de 35 a 40 pesos,
según la más o menos extracción que había de ella, pero desde que se descubrió
otra en la punta de Santa Elena, jurisdicción de Guayaquil, cesó el trabajo de
ésta, respecto a lo menos costosa que es la de este país, por lo que es la que
abastece de presente al reino. Es opinión común de aquellos moradores que en el
cerro llamado Prieto cerca de la mina de brea, hay una de plata poderosa, pero
no es más que tradición y los indios no quieren descubrirla”.
Un hecho sin duda de gran trascendencia para los pueblos de la región,
fue la minuciosa visita que hizo el obispo de Trujillo Baltazar Jaime
Martínez Compañón el año 1783.
La visita fue precedida por una postoral
emitida en abril de 1782 que envió a todos los curas y vicarios
foráneos. En la misma hacía una gran cantidad de preguntas que no sólo tenían
relación con la religión y culto, sino otras referentes a la geografía e
historia local, pueblos existentes y desaparecidos, producciones, costumbres,
lenguas, número de habitantes, clases sociales, etc.
Como en ese tiempo no existía la fotografía llevó acuarelistas y
dibujantes, para que todo lo que se considerase interesante quedase gravado en
forma gráfica, lo que constituyó un valioso legado para la historia y para la
posteridad. 

El obispo desde Cajamarca llegó hasta Jaén y fue por allí donde ingresó
a Huancabamba en febrero de 1783.
En el corregimiento de Piura, el obispo recorrió una gran cantidad de
pueblos haciendo la ruta generalmente a lomo de mula. En muchas oportunidades
la noche lo sorprendía en pleno descampado, para cuya emergencia transportaba
carpas. En los centros poblados se alojaba en habitaciones sencillas y evitaba
crear situaciones onerosas en los cuartos. Una de sus mas importantes labores,
fue el de crear reducciones, que consistía en reunir pueblos dispersos de
escaso número de habitantes en uno solo, para poder mejor impartir el catecismo
y posibilitar las prácticas religiosas.
De Huancabamba el obispo pasó a Ayabaca para lo cual tuvo que afrontar
muchas dificultades, siguió a Las Lomas y bajó al valle del Chira siguiendo el
curso del río, estuvo en la Punta. Eso
pasaba en marzo. A la altura de la Capilla cruzó
el Chira pasando por Tangarará y Querecotillo, para luego internarse hacia
Bocapán y Tumbes, de donde retornó por la Vía de Máncora,
en cuyo pueblo estuvo, reuniéndose con los fieles. En la ruta de Máncora a
Amotape, pasó por diversas aldeas y por las haciendas de Máncora y Pariñas,
administrando en todo momento su sagrado apostolado.
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